>> Nos encontramos con Mempo Giardinelli en una pequeña plaza de Buenos Aires frente a la estación Coghlan, en una mesa de cemento pusimos rienda suelta a nuestras preguntas sobre su historia, sus novelas, sus ensayos, sus posiciones políticas. Sólo un perro chumbador nos hacía perder por momentos el hilo del relato de Mempo. Uno podría presentar a nuestro amigo como escritor y periodista varias veces premiado, pero no daría cuenta de él. Escuchar de sus comienzos en la JTP (Juventud Trabajadora Peronista), su primera novela quemada por la dictadura sin que llegara a ninguna librería, su cuestionamiento de la autoclandestinidad de los montos, la soledad, el exilio, su aporte a la solidaridad desde México, su vuelta, su renuncia al peronismo, su convicción sobre una democracia participativa y horizontal ante la degradación y la crisis del 2001, su crecimiento como escritor y periodista, sus opiniones sobre la actualidad entrelazadas de anécdotas, todo va tejiendo los contornos de quién es nuestro Mempo.

La barraca: ¿Cómo empezaste en el periodismo?

Mempo Giardinelli: Empecé en el Chaco de muchacho, pero vine a BA en el año 69, después de hacer el servicio militar y me inicié como colaborador en diversos medios. Primero colaboré en Análisis, que era un semanario que quería competir con Primera Plana. Y enseguida entré en la revista Semana Gráfica, de la Editorial Abril, como pinche pero efectivo. Y también los fines de semana iba a cubrir partidos de fútbol para la revista Goles, escribía para Radiolandia, en fin, me ganaba el puchero. En el 71 me pasaron a la revista Siete Días y ahí hice toda mi primera carrera profesional. Además fui delegado y desde el 72 o 73 integré el Consejo de Delegados de la APBA (Asociación de Periodistas de Buenos Aires, lo que ahora es la UTPBA). Fui varios años delegado, y toda mi carrera la hice ahí. Desde el 74 también laburé en el diario Crónica, en la quinta edición, es decir la vespertina que se hacía durante la mañana y la dirigía Américo Barrios. Fue una época fantástica y estuve ahí hasta que me fui al exilio. El último año, el 75, empecé a laburar también en Mengano, una revista de humor que dirigían Carlos Marcucci y Alejandro Dolina. Todos esos años fui militante y laburaba a la mañana en Crónica, a la tarde en Siete Días, y a la noche iba a laburar a Mengano que por suerte quedaba a dos cuadras de la editorial. Era una vida muy loca, porque además escribía ficciones. Y es que a los 20 años tenés una energía que te permite hacer cualquier cosa.

Lb: En ese tiempo escribiste y publicaste tu primera novela, “Toño tuerto rey de ciegos”…

MG: Sí, y la presenté al concurso del diario La Opinión, y me entusiasmé mucho porque dos de los jurados hicieron un comentario elogioso.  El premio lo ganó Juan Carlos Martelli con una novela notable, “Los perros de la memoria”, pero a mi novela la mencionaron dos jurados: Rodolfo Walsh y Augusto Roa Bastos. Y eso para mí fue un espaldarazo.

Esa novela la contrató Editorial Losada en el 74 a propuesta de Jorge Lafforgue, que era editor de Losada, y se publicó a fines del 75 en la colección Narradores de Nuestra Época, pero la salida a librerías se fue demorando y entonces se produjo el golpe de marzo del 76 y la novela quedó en las bodegas de la editorial. Hasta que una tarde de junio me llamaron de la editorial y me avisaron que “habían recibido visitas”. Y era que habían llegado no sé si la federal o el ejército, y en el allanamiento “limpiaron” la bodega de Losada en la calle Alsina e hicieron una pira de libros, quemando toda la bodega. Fue una de las tantas quemas de libros de la dictadura. Y entre lo incinerado, que fueron decenas de miles de libros, estaba el tiraje completo de mi novela. No había llegado a las librerías, pero creo que igual no iba a llegar. La habían publicado porque estaba contratada desde el 74, pero después del golpe era obvio que no se iba a distribuir. Aunque quién sabe, en ese momento era todo muy confuso, siempre digo que en el 76 no todo el país tenía conciencia de la gravedad de la situación, y mucha gente pensaba “esto va a pasar pronto”… Cuando yo me fui del país lo hice pensando que volvería en un año y a muchos les pasó igual.

Lb: ¿Vos no tuviste ningún ejemplar?

MG: Tuve uno, sí, que me había dado Lafforgue, y me lo llevé a México. Pero después lo perdí en alguna mudanza. Pero tengo una foto, me quedo sólo una foto de la portada.

Lb: ¿Que te hizo ir a México?

MG: No me gusta hablar mucho de esto, pero bueno, yo milité en la JTP durante varios años, desde que se fundó en la Federación de Box, e incluso cuando fue el allanamiento a la sede de la Avenida San Juan, yo estaba adentro, y fui en cana. Luego vino la decisión de montoneros de pasar a la clandestinidad.  Yo me quedé muy mal después de eso.  Éramos muchos los que estábamos en el frente sindical y puteábamos porque después de años de hacer un trabajo de base espectacular, bajaban “la orden” de la clandestinidad. Un disparate. Nosotros veníamos de ganar en la editorial Abril por 392 votos a 4, y éramos una comisión interna respetada y luchadora, pero de repente y de la noche a la mañana te decían que tenías que clandestinizarte. Yo, al igual que muchísimos compañeros, no compartí eso. Entonces algunos nos abrimos de esa militancia; y yo me quedé solo, como delegado de las bases que me habían votado. Y es que después de salir de la colimba yo me había prometido no agarrar un fierro. Yo estaba para la lucha política. Claro que aquello fue muy feo, porque hubo compañeros muy queridos que sí asumieron la militancia armada. Yo era compañero de Héctor Oesterheld, milité junto con él y llegamos a ser muy amigos y discutimos mucho esta cuestión. Cuando me fui del país, uno de los pocos tipos de los que fui a despedirme fue Héctor.

Mempo Giardinelli 3

Muchos nos quedamos muy mal con aquella decisión de clandestinizar todo, había una sensación de frustración sobre todo en los que militábamos junto a las bases. E incluso no faltó el hijo de puta, un tipo muy connotado hoy, que no diré su nombre, que en una reunión sindical nos acusó de traidores, de cagones.  En fin… Lo cierto es que me quedé solo, y totalmente en bolas. Y eso es muy duro porque cuando te quedás solo y tenés antecedentes todo es muy difícil. En esa época las cédulas viejas de la Federal eran de papel plastificado, y cuando caías te hacían una marca sobre el plástico, de manera que si te pedían el documento cualquier cana sabía que algún antecedente tenías. Era una situación fulera, además, porque yo me quedé en pelotas y no tenía marco ni encuadre. Ese año especialmente, el 75, me concentré en escribir, en laburar en Crónica, en Mengano, laburé muchísimo. Me pasé un año y pico refugiado en el laburo y siempre como delegado, pero con mucho miedo, porque caían amigos y compañeros de militancia. En la redacción de Semana Gráfica del 70 estaban Jarito Walker (secuestrado el 17 de julio de 1976) , Miguel Bonasso (muy junado ya en esa época), y un pibe con el que fuimos muy amigos que se llamaba Maurico Borghi y fue una de las primeras víctimas de las Tres A. También estaba en la editorial y era mi amigo Conrado Ceretti, que fue “chupado” junto con su esposa, Diana Guerrero, también periodista. Es decir que todo eso pasaba alrededor y yo estaba solo, no tenía a quién llamar por teléfono porque además mis compañeros de mayor confianza se habían marchado ya al exilio, a México, Cuba o España. Fue un año muy difícil el 75, y además se veía que todo se iba a la mierda. Al menos para quienes teníamos una visión muy crítica, aunque yo no hablaba con nadie. Solamente sobrevivía, como millones de argentinos. Y por eso cuando vino el golpe no tenía pensado irme, no tenía ni pasaporte ni plata, no tenía nada.

Lb: ¿Y cómo hiciste para irte?

MG: Recurrí a un alto directivo de la editorial, con el que habíamos peleado muchísimo durante años, él desde la patronal y yo desde el sindicato. Después de la quema de libros en Losada, me di cuenta de que no podía seguir en el país. Y así, entre la desesperación y el miedo, un día llamé a este hombre. Nunca habíamos disimulado el desprecio que nos dispensábamos, pero tuve la corazonada de que era el único tipo que yo conocía que quizás podía ayudarme.

Esto nuna exisitió, pibe. Por Mempo GiardinelliLb: Parece una escena de las películas sobre la Guerra Fría…

MG: Sí. Y por qué lo hizo nunca lo supe, pero me salvó la vida…

Lb: ¿En México cómo te fue al principio, cuando llegaste? Estabas con una mano atrás y otra adelante.

MG: Sí, y llegué como llegábamos todos. En mi caso había avisado que llegaba y me estaban esperando algunos compañeros. Me recibieron Jorge Bernetti y Nicolás Casullo, y me albergaron rápidamente. Los primeros días estuve en el departamento de otro compañero de la editorial Abril, Jorge Lebedev. Y poco a poco me fui integrando a México y a la vida de la colonia argentina. Eso eran muy común, porque cada avión desde Buenos Aires llegaba con tres o cuatro familias que escapaban, o quizás más, y uno no los conocía. Y si los conocías te hacías el boludo hasta llegar a destino. Llegaba gente todo el tiempo, todos los días, y en ese entonces la única casa de la colonia era la Casa Argentina, lo que después fue el COSPA (Comité de Solidaridad con el Pueblo Argentino). En los primeros momentos había un aire de unidad, todos caían ahí, te recibían, te integrabas a las acciones solidarias, toda la colonia se reunía en peñas y guitarreadas los fines de semana, había una extraordinaria actividad fraternal. Y después cada uno elegía sus caminos. Yo me integré a la tarea de solidaridad desde el principio y todo el tiempo, ni un solo día dejé de estar en el trabajo de solidaridad. Pero estuve sólo un tiempito en el COSPA, y después me fui, no compartía la visión montonera ni la llamada “contraofensiva”.  Que fue un parteaguas muy duro, definitivo. Fue una época de muchas discusiones, peleas… Hasta que en el 77 se produjo el cisma del COSPA y yo me pasé, con muchos compañeros, a la CAS (Comisión Argentina de Solidaridad) donde laburé todos los años siguientes, e incluso fui miembro de la Comisión Directiva.  Esa fue mi vida política mexicana, mientras trabajaba en el diario Excélsior, dirigía Expansión, que era una revista de economía, y escribía mis primeros libros. También fui profesor en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad iberoamericana, donde tuve una cátedra durante 8 años.

Por qué prohibienron el circo, Toño tuerto rey de ciegosLb: ¿Tu primer libro publicado?

MG: Después que se frustró aquella primera publicación en Losada, la verdad es que me peleé con ese libro (“Toño”). Por alguna razón inexplicable lo rechazaba, llegué a odiar esa novela, no sé, cuestiones interiores, digamos… Lo cierto es que nunca más la leí, perdí el único ejemplar que tenía y de hecho la abandoné. Fijate que durante treinta años y más de veinte libros, no la incluí jamás en ninguna ficha bio-bibliográfica. ¿Curioso, no? Hasta que el año pasado mi editor, Fernando Fagnani, de Edhasa, me preguntó si tenía algún material guardado. Y lo que tenía era un único ejemplar de una modesta edición mexicana de esta novela, con otro título (“¿Por qué prohibieron el circo?”) que se hizo en 1983 en una editorial marginal, hoy desaparecida. A Fernando le encantó la novela, a pesar de los años, y me pidió que la revisara. Hoy creo que lo hizo para que yo me reconciliara con esa novelita, nada más… Y bueno, la leí y un poco me conmovió, me llené de nostalgias, todo eso… Y decidí no reescribirla. Que Fernando la publicara como estaba, si quería. Apenas le agregué un prologuito narrando el extraño derrotero de la novela.

Lb: Hasta ahora el primer libro publicado que reconocías era “La revolución en bicicleta”.

MG: Claro. Y esa novela también tiene su historia: en la revista Crisis, creo que en 1970 o 71, yo había escrito un par de artículos, una especie de historia de vida de un revolucionario paraguayo que había encabezado una revolución en 1947. Era un tipo que había sido amigo de mi papá, que vivía en el Chaco y yo lo conocía desde chiquito cuando iba con mi viejo a visitarlo. Mi viejo laburaba en la panadería y este hombre fabricaba ladrillos. Habían hecho unos hornos y tenían buena relación. Hacia el año 70, ya muerto mi viejo, me acordé de las historias que él contaba de este hombre y decidí recuperarlo. Fui con un grabador y le hice una larga entrevista de varios días, y la verdad que era interesantísima la vida de este hombre. Para Crisis escribí la historia contada en primera persona, y después, como sin darme cuenta, empecé a escribir la novela.

Lb: ¿Con el título La revolución en bicicleta?

MG: Sí, y me llevé ese material a México, y allá seguí trabajando. Pero no sabía qué hacer, porque la biografía del tipo no me convencía; un libro de historia del Paraguay, tampoco; ni quería ser el redactor de la gesta de una revolución que habían hecho ellos. Decidí entonces que lo mejor era hacer una novela. Que permite trabajar la realidad pero con una perspectiva de libertad creativa, sin tener que apegarme a los hechos ni poner abajo la fundamentación libresca. Eso da una gran libertad, y así escribí mi primera novela que se publicó. Fue La revolución en bicicleta, en los 80 y en España; la sacó Editorial Pomaire.  Y anduvo bien, gustó, tuvo buenas críticas, se vendió, funcionó. Y llegó después a México. Que era un mercado más chico, pero entonces el mundo era más chico, y anduvo bien.  Después escribí otra novela, El cielo con las manos, que se publicó en EEUU en una editorial hispana de New Hampshire, donde también salió mi primer libro de cuentos: Vidas ejemplares. Mi cuarto libro fue Luna caliente y fue el que me dio una proyección diferente. Gané el premio nacional de novela en México, que era la primera vez que se daba a un extranjero. Y ya estábamos en el 83 y todos veíamos que se desmoronaba la dictadura. Ésa fue una época linda, además, porque cuando volví a Argentina ya tenía publicados 4 libros.

La revolucion en bicicleta, El cielo con las manos, Vidas ejemplares, Luna caliente

Lb: Y cuando volviste estaba el alfonsinismo. ¿Cómo viste ese proceso?

MG: En México sucedía algo muy curioso, y seguramente acá también. Cuando se abría el proceso electoral y venía el 30 de octubre, tanto en México como en España, Italia, Suecia y otros países de exilio, muchos de nosotros veníamos de una tradición peronista, y éramos quizás la mayoría porque también había mucha gente de izquierda, y sobre todo muchos cordobeses que venían de distintas izquierdas. Mientras el COSPA era de lo que se llamaba “la orga” y también había allí algunos ex militantes del PRT-ERP, en cambio la CAS era muy plural, y allí había radicales, socialistas, peronistas, comunistas, troskos, de todo.  En la CAS nosotros teníamos elecciones, listas internas, la Comisión Directiva se designaba por voto secreto y sistema proporcional…

Y bueno, cuando se abre el proceso electoral de 1983, al principio en el exilio mexicano ganábamos los peronistas, pero sucedió que con el transcurso de la campaña el crecimiento de Alfonsín fue muy notable. La quema famosa del ataúd en el acto de cierre del peronismo modificó el voto de mucha gente. Nosotros no hicimos allí una votación, pero el 30 de octubre todos teníamos que ir a sellar el pasaporte en el consulado y fue una maravilla: hicimos una movilización fenomenal, eran dos cuadras cubiertas de gente que cantaba y celebraba, y ahí creo que había ya una clara mayoría alfonsinista. No por ser radicales, pero es que Luder era bastante impresentable y además habían muerto algunas grandes figuras del exilio, como Héctor J. Cámpora, a quien velamos en la CAS. También había muerto Rodolfo Puiggrós en 1980, y eso fue un mazazo para el COSPA donde era la figura más respetada.

Dentro del peronismo había varios grupos. Y quien tenía mucha influencia era el Bebe (Esteban) Righi, que representaba un peronismo más o menos estructurado. Poco antes de las elecciones habían llegado Juan Manuel Abal Medina (padre), directo desde la embajada mexicana en Buenos Aires, y también al final llegó Eduardo Jozami, que había estado varios años preso. Y venían de vez en cuando Nilda Garré, o el viejo Vicente Leonidas Saadi, en nombre de un peronismo que se mostraba alternativo. Es decir que había presencias para todos los gustos, pero nadie hacia campaña ahí por Luder. Y muchos, muchísimos y yo mismo, de haber estado el 30 de octubre en la Argentina no hubiéramos votado a ese peronismo que decía “somos la rabia” y cosas por el estilo. Ni locos. En todo caso para muchos la figura alternativa era Oscar Alende, pero también muchos pensábamos que podía ser un voto perdido, porque finalmente la política argentina, como siempre, polariza casi todo.  Allá me parece que hubiera salido primero Alfonsín, quizás con Luder y Alende a la par. Pero es sólo una suposición mía.

Lb: Ya que seguimos hablando del peronismo, ¿Menem es una disrupción o es continuidad histórica?

MG: Ah, caramba… En primer lugar déjenme decir que no soy peronólogo, no soy un experto en materia peronista y ni siquiera soy un pensador del peronismo. Apenas fui un militante. Y además yo renuncié expresamente y hoy ya no soy peronista. O lo soy como decía Perón cuando bromeaba con que en la Argentina todos somos peronistas… Como sea, y con toda esta aclaración, yo sí creo que Menem encarnó perfectamente una forma del peronismo, como lo encarnan hoy Luis Barrionuevo, el Momo Venegas, Duhalde o Massa. Quién puede decir “ése no es peronista”. Si finalmente todo cabe ahí adentro… Creo en ese sentido que Menem fue la resultante de un viento de la historia que tuvo que ver con los errores de Antonio Cafiero, que creyó que tenía ganado todo y no dio bien la pelea cuando el turco inventó como inventa todo aventurero. Lo cual es absolutamente peronista, en el sentido de que, como yo lo veo, el peronismo nunca fue una fuerza, sino que es una y múltiple. Herminio Iglesias era peronista y John William Cooke y Rodolfo Walsh eran peronistas. Y eso no quiere decir que iban a tomar café juntos ni que eran compinches. El peronismo y los peronistas siempre fueron así y siguen siendo así, míralo a Massita. Pero eso no quiere decir que hay que condenar nada —que es el gran error histórico del antiperonismo, desde el más gorila al más moderado—, sino que hay que comprenderlo en tanto fabuloso fenómeno social que es.

LB: ¿Te parece Massa parecido a Menem en su falta de escrúpulos?

MG: Obviamente. Y está claro que todo el movimiento alrededor del llamado Frente Renovador es eso: el peronismo inescrupuloso, claramente. Basta ver los nombres de la gran mayoría de sus adherentes. Aunque claro, convengamos también que el movimiento peronista en su conjunto no es un movimiento muy escrupuloso que digamos. Pero sí hay límites en muchas cosas, hay principios y valores que todavía muchos respetan. Y a eso, cuando además propone y encabeza y ejecuta un proceso de inclusión social y fortalecimiento del rol del Estado como el de estos años, llámese peronismo o kirchnerismo, yo creo que hay que apoyarlo. Con las críticas del caso, que son muchas, desde ya, pero sin hesitar en las cuestiones fundamentales.

México, el exilio que hemos vivido y Diatriba por la patria

Lb: ¿Cómo fue la renuncia al peronismo?

MG: Fuimos entre 30 y 40 intelectuales peronistas que empujamos una discusión para renunciar, en 1984. Eso está relatado en varios textos, y por mi parte lo hice en un libro que se llama Diatriba por la Patria, que publiqué en 2002, en plena crisis nacional. Ahí publiqué ese documento de renuncia, que se titula “Por qué nos vamos” y que se encuentra también en el libro México: el exilio que hemos vivido, que escribimos con Jorge Bernetti y se publicó en 2005 y ahora en estos días reedita Editorial Octubre. Nosotros entendimos, con Jorge, que en realidad ese documento era el corolario de nuestro exilio. Porque cuando nosotros volvimos al país, el peronismo estaba sumido en una gran discusión: Odeón por un lado y Rio Hondo por el otro (dos congresos del PJ).  Saadi era la izquierda, lo que hoy parece increíble.  Eran malos contra peores.  Don Antonio Cafiero, al que muchos apreciábamos, hizo intentos para que no renunciáramos, pero había una decisión ya muy fuerte. A último momento se bajaron algunas firmas, entre ellas Chacho Alvarez y Darío Alessandro, pero muchos firmamos, y entre ellos Mario Wainfeld, José Pablo Feinmann, Adriana Puiggrós, Horacio González, Nicolás Casullo, Alvaro Abós, Carlos Trillo, Alcira Argumedo, Dora Barrancos, obviamente Jorge Bernetti y varios más. En total firmamos 26 intelectuales.

Pero no éramos un grupo, éramos intelectuales sueltos, quizás los más orgánicos eran los que venían de la Revista Envido. Los demás éramos amigos, nos conocíamos, teníamos una historia común. Unos venían de Brasil, otros de España, nosotros de México. Incluso muchos eran compañeros de revistas que se hicieron en el exilio. No recuerdo quién redactó aquel documento, puede que hayan sido Chacho, Horacio, Mario, quizás Jorge. Y ahora, visto tres décadas después, me sigue pareciendo un documento duro y certero porque planteaba la imposibilidad, como intelectuales, de seguir en un movimiento que no dejaba pensar con libertad intelectual y que a cada rato lo único que te exige es ser orgánico.

En mi fuero personal, íntimo, sigo pensando que fue una de las cosas que hice bien en política. Nunca más he participado de ningún grupo, y no me afilié a partidos ni organizaciones. No sé, quizás sea muy anarquista spenceriano, como diría Borges, pero nunca más participé en grupos, ni soy de firmar pronunciamientos ni solicitadas. Claro que sigo siendo un animal político como cualquiera de nosotros, se entiende, eso no dejás de serlo jamás.


CON-MEMPO-GIARDINELLI-PERONISMO-EXILIO-LA-REVOLUCIÓN-EN-BICICLETA

Lb: ¿Pero no fuiste candidato a algo en el Chaco?

MG: No llegué a serlo, y mi única adscripción política posterior a esa renuncia fue muy breve, duró apenas 50 días. Fue con Chacho Álvarez, en el Frente Grande, cuando las primeras internas abiertas entre Chacho y Pilo Bordón. En sus recorridas por el país, Chacho fue al Chaco y me propuso acompañarlo en esa construcción. Yo lo aprecio y siempre tuve buena relación con él, y además creo que es un tipo valioso, pero en 1989 habíamos tenido un cruce duro en el diario Página/12. Yo escribí cosas muy duras contra el grupo de los 8, porque me parecían finalmente funcionales al menemismo. Como sea, años después se saldó todo eso y me sumé a ese proyecto con un grupo de gente del Chaco, hicimos una lista incluso con buena relación con el radicalismo, porque éramos todos decididamente antimenemistas y antineoliberales. El radicalismo chaqueño tenía una posición con Ángel Rozas que no estaba mal, y estaba también Lilita Carrió, que venía de brillar en la Convención Constituyente de Santa Fe, y se armó una cosa interesante, los radicales por su lado y este movimiento progresista por otro, pero en dirección parecida. Y en las internas los chachistas le ganamos a los bordonistas por paliza: casi 4 a 1. Yo iba de candidato a diputado nacional en primer término. Incluso la que era mi asesora, mi amiga, era Graciela Fernández Meijide, que me invitó al Congreso para que me fuera familiarizando porque era cantado que iba a ser diputado nacional. Chaco metía creo que 5 diputados, y aunque saliéramos segundos yo entraba. Pero cuando faltaba poco para las elecciones Bordón decidió que no. Un día me llama Gerardo Conte Grand, que era el operador de Bordón, y me dice: Mire, Giardinelli, necesitamos que dé un paso al costado y quede en segundo lugar porque necesitamos que el primero sea para una figura de toda la confianza de Bordón. Lo escuché y respondí: Mire doctor, no tengo el gusto de conocerlo, pero si en el orden nacional ganó Bordón, acá en el Chaco ganamos nosotros y por mucho. Déjeme consultar a mis bases. Obviamente yo ya sabía que le íbamos a decir que no y así fue. Lo llamé a Chacho, que me dijo esperá vamos a ver. Hablábamos por los primeros teléfonos celulares y yo tenía su número. Dejame ver, dijo, porque me llaman de todos lados. Se lo notaba inquieto. Pasaron unos días y llamé de nuevo a Chacho, que no me atendió más. Tampoco me atendió Darío Alessandro, que era otro de los operadores de Chacho. Y bueno… En esos días me invita Mariano Grondona, que siempre me invitaba a su programa. Y esa vez era una mesa redonda donde estaban Carlos Raimundi que era radical todavía, el gordo Lazara y yo. El entrevistado individual de esa noche era Bordón, que se mostró con gran optimismo. Como siempre, lo acompañaba su hombre de prensa, Carlos Campolongo, a quien le dije que necesitaba hablar con Bordón dos minutos, en el pasillo.  Le quería decir en persona que no acordaba con el candidato que me estaban imponiendo. Pero al terminar se fueron y a mí me llamaron al set. Entonces, Grondona me pregunta: ¿Y usted, Mempo, va a ser candidato? Y le respondo: Mire, la verdad es que no creo. Se supone que mi jefe político en esta campaña es Chacho Álvarez, pero yo no puedo hablar con él porque no me atiende; y el candidato a presidente que se supone que yo apoyo tampoco me atiende. Entonces estoy pensando seriamente que no voy a continuar como candidato. Al día siguiente les escribí una carta a los dos y así acabó mi postulación política. Todavía hoy creo que hice bien, no me arrepentí jamás.

Lb: ¿Cómo viste estos 10 años de Néstor y Cristina?

MG: Primero debo decir que yo no estuve con Néstor en el 2003, ni lo voté. En 2001 organicé con un grupo de gente, en plena crisis y a fines de diciembre, que se llamó El Manifiesto Argentino y que tuvo bastante predicamento.  Fue la primera organización virtual del país, hacíamos todo por mail y mediante páginas web. Funcionó muy bien, fue una cosa grande, estábamos en todas las provincias, mucha gente. Hicimos dos o tres congresos, una cosa muy marginal políticamente, pero con mucha gente que venía del campo intelectual, pintores, escritores, y todo muy federal: estaban Héctor Timmerman y Graciela Cabal, y también Julio Rudman en Mendoza, Angélica Gorodischer en Rosario, Graciela Bialet en Córdoba, era un movimiento muy horizontal y democrático, y nos manejábamos bien. Crecimos y crecimos durante un año y medio hasta que se abrió el proceso electoral y ahí empezamos a tener discusiones internas porque algunos decían que había que apoyar a Néstor y otros que no; algunos querían ir con Lilita, y había un grupo que éramos los más duros que impulsábamos anular el voto.

Yo era anulacionista. Ya había anulado mi voto en la anterior elección, creo que en septiembre de 2001. Entonces había existido un gran movimiento popular de anulación. Yo pensaba que la democracia representativa se había acabado y que ahora había que avanzar con formas de democracia participativa, y la participación tenía que ser horizontal. Todavía en gran parte sigo creyendo lo mismo, creo que es una democracia más primitiva, más difícil, pero por lo menos en los momentos de gran crisis se necesita y es lo que expresa mejor a la ciudadanía. Y donde la ciudadanía puede participar más y mejor, porque en los momentos de crisis como fue la crisis brutal de 2001 justamente lo que se quiebra son las representaciones. Cuando vos descreés de las representaciones  asumís la participación, que es horizontal siempre, un varón un voto, una mujer un voto. Era una cosa muy asambleísta, quizás muy romántica, pero creo que fue valiosa. Fui parte de ese movimiento, como impulsor. Y en abril de 2003, cuando muchos de mis compañeros de toda la vida estaban convencidos de que había que dar apoyo a Kirchner, yo era la oveja negra. No creía. Aunque es cierto que después, rápidamente, me di cuenta de que muchas cosas que Néstor planteaba coincidían con los documentos fundacionales del Manifiesto Argentino, quizás porque teníamos mucha gente en la Patagonia y todos nos comunicábamos por mail.

Con el tiempo fui cambiando, en la medida en que, por ejemplo, Daniel Filmus iniciaba una nueva política en Educación, y Rafael Bielsa como Canciller desterraba las relaciones “carnales”. Soy amigo de ambos y me inspiraban confianza. De hecho cuando me ofrecieron ser embajador en Cuba, se produjo un hecho chistoso. Me llama Néstor una mañana y me dice: “Mempo, no nos conocemos pero tenemos amigos comunes que me hablan muy bien de usted y yo lo he leído y sé cómo piensa de Cuba. Necesitamos que se haga cargo de la embajada en La Habana”.  Le digo: “Mire señor Presidente, primero debo decirle que yo a usted no lo voté”. Y Néstor se ríe y me dice: “Ah, no se preocupe por eso, a mí no me voto casi nadie”. Y después siguió: “Tenemos que cobrar 1200 millones de dólares en Cuba, necesitamos alguien que los cubanos respeten, y yo sé que a usted lo respetan y además usted tiene una posición independiente y peronista”. Le digo: “Presidente, no sé si soy la persona indicada, fíjese que el quiosquero de la esquina de mi casa me debe 100 pesos y no se los puedo cobrar, ¿cómo hago para cobrar 1200 millones de dólares?” Él se rió mucho y me di cuenta de que tenía sentido del humor. “Por favor piénselo”. “Deme 48 horas, voy a consultar con mi familia”. Y bueno, después le dije que no podía. No sé si hice bien, pero era un lío familiar muy complejo.

A partir de ese proceso, digamos, me fui acercando. Además Daniel me convocó al Ministerio y ahí me ofrecí para hacer algo por la lectura, se necesitaba un plan y yo ya tenía la fundación, trabajábamos en eso, así que me dispuse a ayudar. Lo hice y lo sigo haciendo ad honorem, desde luego, y lo subrayo porque no vaya a ser que alguno diga que me cooptaron. Yo ayudo en lo que puedo al Plan Nacional de Lectura, pero no figuro, no cobro, desde 2003 estoy con el plan y todo el mundo lo sabe, pero nunca digo un discurso, sólo soy un colaborador.

Y todo eso me fue acercando. Tuvo que ver Daniel, desde luego, y también me reencontré con Nilda Garré, que había sido mi abogada cuando caí en cana en el allanamiento de la JTP. Y obviamente diversas medidas que se fueron dando en estos años, todo este proceso de fortalecimiento del rol del Estado, que había sido convertido en un estado idiota en años anteriores. No digo que soy ahora kirchnerista, porque no lo soy, pero sí apoyo muchas de sus políticas y el rumbo general de la Argentina de la última década.

Lb: ¿Abundarías tu opinión sobre el Frente Renovador?

MG: Creo que es una ambulancia que junta heridos, por otro lado una especie de camión regador donde adelante va uno manejando y atrás van todos los chorros. Y también un camión junta desencantados y oportunistas. Entonces cuando uno mira todo eso se da cuenta de que es lo aborrecible del peronismo, o dicho de otro modo la versión en este siglo de lo que fue el menemismo en los 90.  No me sorprende, aunque lo que sí me sorprende es que la sociedad no lo vea.

Para mi ése es hoy el enemigo a vencer, más que Macri. Porque fíjense que al menos Macri tiene una cualidad: es sincero en su postura ideológica, es convencidamente neoliberal pero no te engaña, vos sabés lo que es Macri. Sabés lo que te va a dar y lo que va a hacer; sabés el ancho que tiene, y sabes cuál es su modo. Pero en cambio estos tipos del massismo son gelatinosos, son viscosidad pura. Y además hay algunos que los acompañan aunque tratan de diferenciarse, como De Gennaro y Michelli y cierta izquierda ciega de siempre. Aunque digan que no y que se diferencian, a la hora de la hora son funcionales a lo peor del peronismo y al neoliberalismo. Se mostró en el reciente paro…

La conversación con Mempo podría seguir. Compartas o no sus ideas, atraen porque son filosas. No es de esos que quiere quedar bien con todos. Nos quedan cosas, pero los caminos de La barraca y Giardinelli están entrecruzados, así que podríamos seguir. Esta vez el Café en la Barraca fue al aire libre, comienza a estar fresco en la placita, el perro se fue casi cuando terminábamos. Mempo se va rápido: tiene que hablar en la tele de su maestro García Márquez, mejor dicho, un maestro de todos. Pensar en Gabo, y terminar una larga charla con Mempo puede cerrarse con la frase de Lorca que inspira nuestra revista: “En este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y reír con su pueblo. Hay que dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas”. CON MEMPO GIARDINELLI: PERONISMO, EXILIO Y LA REVOLUCIÓN EN BICICLETA