por Mempo Giardinelli 

Tensiones, temores y enojos se notan en estos días en la política bonaerense. Y es lógico. No es sencillo el armado de lo que El Manifiesto Argentino propuso llamar Confluencia Nacional y Popular y que ahora para descartar la interna que fogonea el Grupo Clarín sería, dicen, un nuevo Frente o Coalición o como se llame. Con la expresidenta candidata, y por fuera de las PASO.

Todo dependerá –se rumorea– una vez más de ella misma, quien para su tropa es infalible porque no perdió nunca una elección en la que fue candidata. Claro que muchos recuerdan que también practicó dedazos desafortunados, apellidados Lousteau, Massa, Pichetto, Bossio et-al. Pero para los más optimistas eso no es ahora lo importante, sino su nombre en una lista electoral.

No hay unanimidad en las filas por su candidatura, que en todos los mentideros se reconoce plagada de riesgos. Algunos todavía sugieren preservar a la dama en esta instancia, incluso para ver en el tablero a ciertos peones con ansias de coronación. Hay entusiastas dirigentes y soñadores, militantes abnegados y de los otros, que hacen cola dispuestísimos a acompañarla. O a sucederla. Jamás se sabrá si sus consejos y runrunes son sinceros, pero el esfuerzo de tantas conjeturas y reuniones se dirige, nomás, a convencer a la dama de saltar al ruedo, acaso empujada por laderos (que son muchos) que serían nada sin ella.

Parece inminente que el país todo la vea nuevamente en campaña, pero, como preocupa a muchos, en condiciones harto complejas. Primero porque es difícil entender y tragar que el macrismo siga teniendo una fuerte intención de voto en la PBA, siempre por encima del 30 por ciento y pudiendo crecer. Y segundo porque más o menos un similar 30 por ciento le dan las encuestas al kirchnerismo (aunque en este caso con más pinta de techo que de piso). Lo cual, siendo peligroso, no sería lo peor. Porque lo peor, y sería bueno que alfiles y peones lo recordaran, es la negación de las propias limitaciones y la sobrevaloración de las propias fortalezas. Suele ser letal en política.

Por eso ante todo debe ponderarse la fuerza del adversario a vencer. No alcanza con denunciar los excesos, corruptelas y barbaridades que comete el adversario, ni su antipatriotismo neoliberal, racista y clasista. No alcanzan el fastidio ni combatirlos apelando a la nostalgia de que fuimos mejores aun con desatinos y torpezas. Ni mostrando comparaciones económicas, que, para los sectores medios y sobre todo los más jodidos, resultan inexorablemente aburridas y desvían atención y rating hacia los señores Tinelli, Del Moro y sus troupes, y entonces todo se confunde por superficial y vacío.

La semana pasada empezó a aclararse todo, aunque aún sin certezas. Pero ya cabe preguntarse si no será que la trampa está servida. El ex ministro silencioso está rodeado, y es cada hora más evidente el apoyo de Clarín y La Nación. Tiene a un especialista susurrándole al oído, uno que fue favorito del kirchnerismo y luego se supo que laburaba para Clarín; que después rodeó a Massa cuando parecía la esperanza blanca y que es –cabe reconocerle el mérito– el mejor intrigante político en las sombras de este país. Especie de Durán Barba con mejor discurso y cámaras siempre a disposición, parece claro que es la mano que hoy mueve los hilos en la rara circunstancia de que nadie parece recordar la sabia recomendación de Arturo Jauretche: ver cada mañana qué desea La Nación –ahora asociada a Clarín– para entender lo que no es bueno para el campo nacional y popular.

Alrededor del silencioso que desespera por competir hay otros, claro, que desde el kircherismo ya votaron macristamente aunque con discurso nac&pop. Con fondos buitre, endeudamientos o jueces a la Corte se quemaron igual que el eterno senador rionegrino que fue ultramenemista y ultrakirchnerista y hoy ultraquiénsabe. Y también hay algunos no quemados pero para esta columna inexplicables, que dicen amar y cuidar lo que sin embargo están destruyendo.

La unidad es necesaria, hoy, si lo que se quiere es vencer. Y una prueba se tuvo el domingo anterior: en La Rioja y en Chaco se ganó muy bien, pero se perdió la intendencia de Corrientes (ganada en 2009) por una bifurcación como la que ahora alienta el anticristinismo aunque no se quieran llamar así. Los porteños casi no se enteraron de que el radicalismo macrista ganó por tres puntos. Pero tres puntos y medio tuvo el FPV disidente que fue por fuera y no apoyó al intendente kirchnerista. Mejor lección, imposible.

Los grandes multimedios –ese gigantesco emporio mentimediático que es el Verdadero Gobierno de este país– están detrás de todo esto. Es evidente que cooptan a troche y moche, y no importa si con dinero, promesas o amenazas. Los tienen de su lado, los protegen y promocionan. Y los usan para el gran objetivo que les queda, ahora que ya se apoderaron del país: destruir a Cristina no por sus fallas sino por sus virtudes. Por eso la odian tanto del otro lado de la grieta que inventaron y profundizan: porque es inteligente, combativa, altanera y dura; porque está del lado de los jodidos; porque aguanta todo lo que le tiran y nunca se rinde. Y porque es mujer y morocha.

Es difícil saber si la inminente decisión electoral de la expresidenta será la mejor. Pero lo seguro es que es un riesgo enorme. Quizás fuera conveniente esperar hasta el último minuto y que muevan piezas primero desde el silencio. O una negativa estratégica mutable sobre la hora misma del cierre de listas. O acaso ir ella en el puesto décimo o más abajo, y traccionar votos desde atrás y con menos riesgo.

Ya no hay tiempo de hacer lo que sí se debió: abrirse de una buena vez hacia el panradicalismo lastimado y convocarlo a la gesta patriótica que muchísimos yrigoyenistas y alfonsinistas aceptarían porque está en su esencia. E ídem el millón y pico de socialistas de corazón que en todo el país llevan años desperdigados y desperdigándose.

Lo cierto es que ahora, enfrentados dos hipotéticos tercios de votos y dada la enervante oleada propagandística, el tercio faltante no parece garantía de triunfo ni con la dama al frente. Parafraseando a Don Ata, las preocupaciones son de nosotros; las sonrisas, de Clarín y La Nación. Se les ve la hilacha detrás de esa candidatura hasta ahora muda.

Los errores de construcción política se pagan, y más si el monstruo es cada vez más grande y pisa cada vez más fuerte. Macanón haberlo subestimado hace años, cuando incluso se coqueteó con él. Después fue imposible vencerlo. Hoy eso es historia. Pero para tener muy en cuenta.

Y bueno sería, además, que no todo en política se reduzca a la capital federal y la PBA. Con unidad y buenos candidatos en Córdoba, Santa Fe, Mendoza y Tucumán, por lo menos, es posible una gran elección nacional.