por Sergio Rossi 

La geomorfología nos enseña científicamente algunas cosas que son evidentes. La génesis del canto rodado es una de ellas. Rocas que en la cima se desprenden irregulares y de bordes agudos, si quedan ubicadas en algún cauce de agua van perdiendo esas aristas con los golpes y la erosión. Y si la roca es homogénea va alcanzando, de tanto rodar y rodar,  formas que tienden a la esfera perfecta. El agua, el tiempo y la gravedad acaban por esculpirlo todo.

Borges y Bioy nos cuentan, en sus crónicas de Bustos Domecq, el caso de Nierenstein Souza, enorme literato que dominaba siete idiomas, era admirado en París y varios ámbitos intelectuales de vanguardia, publicó novelas cuyos manuscritos se perdieron y terminó sus años en Fray Bentos, en la Banda Oriental. A su muerte, el periodista porteño enviado al Uruguay para reconstruir su historia se aloja en el mismo hotel en que viviera Nierenstein Souza, recorre sus lugares, frecuenta sus bares y amigos, pero se topa con un enigma. El dueño ha dejado intacta como homenaje la habitación del escritor, y mezclados entre libros -como Las mil y una noches, el Decameron, El Conde Lucanor, las Fábulas de Esopo, los cuentos de Grimm y otros por el estilo- anotados por el propio Nierenstein, se encuentran algunos borradores, fragmentos y esbozos desordenados de sus obras. Pero esos versos y esos textos están mal escritos, son ampulosos, y en muchos casos el autor prefirió, entre dos variantes, la que resulta a todas luces peor. Así el digno “vivir para el recuerdo y olvidar casi todo” termina siendo en una publicación local “Materias la Memoria acopia para Olvido”. No comprende cómo puede ser, y en un libro de Mallarmé encuentra una anotación de Nierenstein Souza: “Es curioso que Mallarmé, tan deseoso de lo absoluto, lo buscara en los más incierto y cambiante: las palabras. Nadie ignora que sus connotaciones varían y que el vocablo más prestigioso será trivial o deleznable mañana”.

Obsesionado por la paradoja y procurando comprender, el cronista busca a quienes lo trataron, se entretiene en boliches pueblerinos entre paisanos que cuentan chistes y  cuentos de esos que corren de boca en boca, y se asombra por la cantidad, variedad y calidad de esos cuentos.  Pregunta de dónde sacan tantos y le responden que casi todos eran obra de Nierenstein, que sin embargo los contaba muy mal. La gente de la zona los mejoraba. Nierenstein había retomado la tradición que desde Homero a la cocina de los peones inventaba y disfrutaba escuchar sucedidos. Despreocupado, contaba mal  porque sabía que si valían la pena el tiempo y los hombres se encargarían del pulido. Como la literatura en su origen, los años acabarían por escribirlo todo.

Imposible no verse tentado a justificar, con tan cultos y científicos argumentos, el descuido de cierta escritura en las redes sociales, que sin embargo merece la crítica de los moralistas del lenguaje. No importa en realidad que nuestro hijo escriba “Salgo con lucho y Fran. Llev auto guardacomida Chua, ah llego4 mñn”, si es más o menos lo mismo y se entiende perfectamente. Sucede que se vive a otro ritmo y los teclados de los teléfonos son pequeños y sensibles.  También es irrelevante que la mujer de nuestros sueños escriba “Besitos te qieromucho, no me estranes porfis. Vemos jueves al volver hablamos bssts”, ya que lo importante es el cariño y transmitir la idea de un reencuentro cercano.

Al mismo tiempo nos enteramos por la red que tras la aventura del alfabeto y de la imprenta estaríamos volviendo a los ideogramas, y que los emoticones nos retrotraen a los jeroglíficos, abandonados al caer sobre el antiguo Egipto las invasiones griegas, persas y romanas. Puede darnos una inquietante perspectiva considerar que los jeroglíficos se usaron durante 3600 años, la última vez hace 2400. Imposible para el viajero entrar al Museo Británico sin toparse con la piedra Rosetta, aquella que permitió a Champollion descifrarlos. En la piedra negra granítica está escrito un decreto de uno de los Ptolomeos, emperadores macedónicos de Egipto tras la conquistas de Alejandro Magno. Era un cartel que explicaba ciertas obras y acciones del Emperador, escrito en tres idiomas, el de los griegos de la casa reinante, el de los jeroglíficos y el administrativo que se usaba en ese tiempo y en esa zona. El fragmento de cartel que queda, con las catorce pocas líneas sobrevivientes, permitió descifrar la escritura perdida del antiguo imperio. La dureza de la roca, el celo de los emperadores y el cuidado del escultor por su vida fueron de gran ayuda. Pobre Champollion si en vez de “En el reinado del joven —quien ha recibido la realeza de su padre— señor de las coronas” se hubiera escrito a la ligera “reinado joven rec la real de coronas, buen finde chauchis”